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	<title>Con tinta de limón</title>
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	<description>Por Manuel Rodríguez-Navas A.</description>
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		<title>Con tinta de limón</title>
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		<title>Benditos sean</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Dec 2010 23:43:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Con cariño]]></category>

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		<description><![CDATA[     Esta semana estoy de turno de noche, y mi trabajo me permite a veces sentarme a escribir un rato, que es una de las cosas que más me gustan. Mi labor en esta empresa consiste en el mantenimiento de ciertas redes de telecomunicaciones; elementos tales como routers, switches y otros elementos de transmisión de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=196&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">     Esta semana estoy de turno de noche, y mi trabajo me permite a veces sentarme a escribir un rato, que es una de las cosas que más me gustan. Mi labor en esta empresa consiste en el mantenimiento de ciertas redes de telecomunicaciones; elementos tales como routers, switches y otros elementos de transmisión de datos, que pueden pasar totalmente inadvertidos para aquellos que usamos Internet, a mí me calientan la cabeza en ocasiones cuando deciden pararse, averiarse o emitir alguna alarma que hace que nos pongamos la chaqueta y salgamos corriendo. Somos como los bomberos, si no hay fuego, procuramos no salir por ahí a jugárnosla inútilmente con el coche. Al punto de empezar a teclear para entretenerles un rato la vista, me vino a la mente, no sé por qué, la época del colegio. Lo cierto es que yo recuerdo muchísimo mi infancia, más veces de las que quisiera. Quizá eso sea un signo de que mi presente me ataque los recuerdos, por mejores. Cuando echo la vista atrás y me acuerdo de aquel colegio de Cádiz en el que estudiaba, me vienen imágenes muy agradables de aquel tiempo. Recuerdo el patio de delante, el que daba a la calle Sagasta, y el de detrás, el del Campo del Sur. Cuando llovía nos dejaban en el de dentro, una pequeña rotonda que había a la entrada del patio de atrás, justo al final del pasillo principal del edificio, pero por lo general jugábamos tanto en uno como en otro. Yo cursé desde tercero hasta sexto de EGB en ese centro y al rememorar esos días también me acuerdo de los profesores. En tercero tenía a Don Antonio, que era un cachondo de cuidado. Organizaba obras de teatro basadas en textos del libro de lengua y a cada uno nos daba un pequeño papel. A mí me tocó una vez hacer uno muy cortito en &#8220;El mago Relinchín Relinchón&#8221;. Tenía que arrojarle al mago una morcilla hecha con cartulina negra y cuerda. Fue muy divertido.<br />
    Luego, en cuarto de EGB, tuve a Doña Herminia, una profesora más seca que el móvil de Tutankamon, pero muy buena mujer. Creo que sólo me castigó una vez en todo el curso, por hacer caso de los gamberretes de la clase, supongo. Es lo que tienen las neuronas espejo.En quinto, curso que recuerdo en la misma clase que en sexto, en la planta de arriba, tuve a Don José Luis, un profesor del que aprendí muchísimo y que era cojo del pie derecho, creo. Aquel hombre era un trozo de pan y, hasta donde mi memoria alcanza, se preocupó de nosotros más de lo que imaginamos. En sexto curso, que es el que recuerdo mejor, me sentaba en la primera fila, en los bancos de la derecha, junto al pasillo central que formaban las mesas. A mi lado tenía a mi amigo Adolfo Rodríguez. También recuerdo a un tal Joaquín, pero no sé bien si era Lara o Vera de apellido. Recuerdo a María Jesús Velasco, que se sentaba al final de la clase, más o menos por donde ubico a Susana Quintero, una chica rubia que dejó el cole a mitad del curso. Y además a los gamberretes de Cristóbal y de los hermanos Zarzuela. Y poco más. De profesores recuerdo a la señorita Carmen, que nos daba inglés, a Doña Elena, la profesora de Lengua, y a uno que nos daba dibujo y al que llamábamos despectivamente &#8220;el sapo&#8221;. Nos castigó una tarde a casi todos porque nos dedicamos a escribir burradas en la pizarra, incluido su mote, algo que a buen seguro le mosqueó. Me acuerdo de las redacciones que hacía para la profesora de Lengua. Una vez llegó a decirme que yo escribía muy bien, algo que sumado al hecho de que yo estaba colado por ella (la recuerdo muy alta y medio rubia), me llenó de satisfacción. Pero una tarde entró en clase y me pilló tirándole tiza a alguno y me castigó de pie en un rincón durante toda la clase, lo que me causó una decepción enorme. No por ella, sino por mí. Jamás me había castigado en su clase y aquello me dolió como si me hubieran tirado por la ventana. Ahora que el colegio se ha convertido en un recuerdo me entero, mirando en Internet, que se llama Instituto de Educación Secundaria La Caleta, o algo así, lo que le quita toda la gracia al nombre de antes, el de Bartolomé Esteban Murillo. Con lo bien que sonaba, leches. Cuántas veces, como digo, echo la vista atrás y no sólo veo que aquel fue uno de los pilares fundamentales de mi vida, sino que agradezco la labor de toda aquella gente que se ocupó de formarnos, de hacer de nosotros personas útiles, personas con principios morales sólidos, por más que la vida se haya ocupado posteriormente de darnos a cada uno el papel que nos ha tocado, las vivencias de los hechos acaecidos y el futuro que nos espera por delante.<br />
     Lo que cada uno hizo después de acabar aquellos años es tan diverso como la vida misma, aunque quisiera saber quiénes viven y quiénes faltan, quiénes se casaron y quiénes decidieron seguir solos por la empedrada carretera de la vida. Sea como sea, me alegra mucho poseer en mi interior esos recuerdos, haber vivido esas situaciones, haber sido un niño feliz. Viendo lo que hay hoy en día por ahí, me enorgullece tener la suerte de haber sido alumno de aquellos hombres y mujeres que un día me dedicaron todo su tiempo y esfuerzo. Si ello sirvió para que hoy yo redacte para ustedes cada mes con la escritura imbricada al espíritu que me inundaron con sus conocimientos, que Dios bendiga a mis profesores. Allá donde estén.</p>
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		<title>Una mirada abandonada</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Dec 2010 01:30:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Con cariño]]></category>

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		<description><![CDATA[   Los ojos de las personas luchadoras son especiales. Encierran un brillo especial. Uno puede imaginarlos unidos a un rostro desvencijado por la edad, o a juego con el más entregado y duro de los pasados. Pero son especiales. La mirada de una persona luchadora está formada por un misterioso juego de luces y sombras [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=193&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">   Los ojos de las personas luchadoras son especiales. Encierran un brillo especial. Uno puede imaginarlos unidos a un rostro desvencijado por la edad, o a juego con el más entregado y duro de los pasados. Pero son especiales. La mirada de una persona luchadora está formada por un misterioso juego de luces y sombras que parecen tener una raíz muy profunda, enterrada hasta los mismísimos confines del alma, allí donde a todos nos termina ese espejo que reflejamos en la mirada. A priori cabe pensar que esa misma mirada que rezuma fortaleza se adquiere con el tiempo, a dolorosos golpes del cincel y el martillo de la vida. Yo creo que no. Quien es fuerte, quien resiste el escozor del miedo o el sufrimiento en las heridas del alma lo refleja bien pronto en el hilo de sus ojos. No hay como haberlo pasado mal para hacer notar en ellos que todo cuanto ha ocurrido en esa vida que los porta como estandarte ha sido ─y muy probablemente seguirá siendo─ el más alto exponente del despropósito personal. Si bien es cierto que todo en este mundo forma parte desgraciada de un negocio global, desde los caramelos de los niños hasta la pobreza, hay pobrezas que terminan por rendirme la paciencia. La mía, que es de las que fluyen a través del visor de una cámara. Y es ahí donde he visto a veces ese brillo especial del que les hablo. No hay más que airear el corazón por algunas calles de una gran ciudad, ya sea aquí o en el extranjero, para percibir ese brillo que llega al alma como cuando escuchamos una melodía que no entendemos pero que sabemos que trata de comunicarnos algo. Y ese algo es la desgracia extrema de quien sostiene esa mirada. Nos parece que nos contemplan como un ideal, como alguien que ellos querrían ser. Nos imaginamos que somos para ellos un referente, y quizá lo seamos para algunos, para los más codiciosos. Pero aquellos a los que hoy me refiero no son así. Sus miradas serenas y firmes nos observan totalmente ajenos a nuestras vidas, al tiempo que extienden la mano a nuestro paso por puro acto reflejo del que no está acostumbrado a otra cosa que a pedir en silencio, sin peroratas llamativas ni monólogos aprendidos para infundir lástima en nuestros satisfechos egos urbanos. Aquella mujer anciana estaba sentada en el suelo en sabe Dios qué postura, pues su amplio vestido le cubría las piernas de tal modo que no pude determinarlo. Pude verla fijarse en mí en la distancia. Supo que me acercaría y extrajo una mano de debajo de una especie de rebeca raída con la que se refugiaba del frío. A medida que me aproximaba pude ver cómo yo dejaba de ser un punto de atención y cómo ella reposaba su mirada, amplia pero tenue, sobre otro punto en el espacio, sobre un horizonte perdido, acostumbradamente perdido. Me detuve y a punto estuve de enfocarla con la cámara para inmortalizar ese instante del que les hablo, con el ambicioso fin de captarlo todo de lleno y que ello me sirviese de testigo vivo con el que demostrar algún día esto que cuento, que no quedase en meras divagaciones mías en negro sobre blanco. Habría sido una imagen cuando menos curiosa. Pero finalmente tomé la decisión de no hacerlo, en parte porque no habría podido captarlo tal y como lo estaba viendo, pero sobre todo porque me pareció un momento tan íntimo de aquella mujer que, aunque estaba teniendo lugar en la calle y a plena luz del día, se asemejaba a uno de esos fenómenos astronómicos que suceden cada cincuenta o sesenta años y de los que nos convertimos en espectadores de excepción sólo porque pasábamos por allí. Decidí tratar de interpretar su mirada llena de grietas y matices desgarradores, e imaginar cuál sería su pasado, cómo fue su vida hasta hallarse helada de frío en ese preciso lugar en que extendía sus estropeadas manos para que mi paso se convirtiera en unas cuantas monedas más. Sus sueños rotos rezumaban de sus ojos como el agua entre las piedras, y la expresión de sus labios a juego con la desolada vida que aparentaba formaba un arco de frustración y resignación inimaginables. Lo más sorprendente de todo es que ese conjunto de piezas, aparentemente inconexas, conformaban ese brillo especial en el que pude leer que por más sufrimiento, dolor, rabia, miedo, impotencia, o cualquier otra desdicha que hubiese tenido que pasar, las ganas de vivir, de seguir existiendo a pesar de todo, coronaban sus húmedas pupilas por encima de todas las cosas. Y créanme si les digo que cualquier intento por mi parte de capturar ese apego a la vida que pude vislumbrar en sus tristes y pobres ojos habría terminado en fracaso. Les pido a ustedes mil y una disculpas por hacerles llegar sólo con meras palabras y muy a duras penas ─por no hallar las necesarias─ lo que vi, cómo lo sentí y, ante todo, cómo fue aquel día en que mis ojos se toparon con una mirada abandonada. Aunque qué les voy a contar, si alguna vez en sus vidas les habrá pasado.</p>
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		<title>Las caras de la muerte</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Dec 2010 01:28:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin miramientos]]></category>

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		<description><![CDATA[   Recuerdo que en una ocasión, cuando me planteé esto de escribir para La Hojilla, hice la promesa de redactar sobre cosas que les entretuvieran unos minutos, que durante el tiempo que permaneciesen anclados a la lectura de cualquiera de mis artículos lograsen sentirse parte de la historia, a veces reales, en ocasiones ficticias, pero [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=191&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">   Recuerdo que en una ocasión, cuando me planteé esto de escribir para La Hojilla, hice la promesa de redactar sobre cosas que les entretuvieran unos minutos, que durante el tiempo que permaneciesen anclados a la lectura de cualquiera de mis artículos lograsen sentirse parte de la historia, a veces reales, en ocasiones ficticias, pero siempre dirigidas a ustedes con el fin de emocionarles o divertirles, pese a que tengo el mismo sentido del humor que una declaración de renta. Es por ello que no escribo sobre política, religión, fútbol, sexo u otros temas sobre los que sería muy fácil polemizar, hacer populismo y, sobre todo, meter la pata frente a ustedes. Y porque lo que quiero es transmitirles mis sentimientos, que alguna vez alcanzan puntos de alta temperatura cuando asisto a los violentos movimientos de esta sociedad nuestra, en la que la mayoría de la gente va a la suya, como si viviesen solos en el mundo. Otras veces esos mismos sentimientos se deslizan sobre las sedas de la belleza de una imagen o situación espontánea, y también intento contarles qué aspectos de esta vida estremecen mi alma en esos instantes.</p>
<p style="text-align:justify;">   Pero me van a permitir ustedes que hoy proteste un poco y me quede a gusto. Y es que me sobran los motivos. Las estadísticas, esos torrentes de cifras que tanto gustan a nuestros gobernantes, arrojan cada año balances catastróficos en lo que a las víctimas de la carretera se refieren. Y eso es culpa de los tontolabas, como yo los llamo. Los de yo controlo cuando de soldar el pie al acelerador se trata. Son esa caterva de imbéciles cuyo estúpido disfrute es correr con un coche, vilipendiar a los demás conductores y poner en peligro inútilmente la vida de las personas que hay a su alrededor. Son las caras de la muerte. Pueden ser abogados, médicos, policías, camareros, albañiles, académicos o amas de casa, pero siempre llevan dibujado en sus rostros esa expresión de mira qué chulo soy por haberse saltado una continua para girar donde no se puede o adelantar in extremis haciendo que los demás nos echemos al arcén para salvar la vida que tanto nos cuesta mantener cada día. Lo mismo llevan un coche con un montón de caballos de potencia, porque su papaíto es tan imbécil como ellos y les ha puesto esas bestias entre las manos para no aguantarlos en casa, que conducen ─aunque no sepan qué significa esa palabra─ una moto de esas enormes mientras pasan a ras de las puertas de las casas y los bares, haciendo tronar los tubos de escape y sin pensar que les puede salir un chiquillo de repente. La tragedia estaría servida. Y encima vas y les recuerdas que los demás tenemos derecho a la vida y se te ríen en la cara. A esta colección de tontolabas, que cuenta con tal número de piezas, los ponía yo en primera línea de asistencia en un accidente de tráfico, a soportar los gritos de una madre que busca en la cuneta a un hijo que ha salido disparado del coche en una de las múltiples vueltas de campana y cuyo cuerpo no aparece ni vivo ni muerto, o a los padres de cinco chicos cuyo coche se ha desintegrado al chocar contra un camión porque venían hasta arriba de pastillas y de alcohol, o la imagen indeleble de los cadáveres inmóviles de un matrimonio joven, sentados aún en sus asientos con los ojos abiertos, mirando al cielo y esbozando una macabra expresión de incredulidad, o la contemplación de los restos de un vehículo incomprensiblemente reducido a la nada y que, tras buscar sus familiares, bomberos y policías a los ocupantes por los alrededores, se llega a la trágica y angustiosa certeza colectiva de que los cuerpos de aquellos están aún en el interior. Hay algo peor que esa certeza y es la de la lacrimosa visión de los primeros restos mortales en el proceso de excarcelación entre el amasijo de hierros. Y todo porque un imbécil tontolaba descerebrado venía poniéndole un mensajito con el móvil a la insulsa de su novia. Es que me distraje, dice, el muy miserable.</p>
<p style="text-align:justify;">   Ustedes discúlpenme, perdonen mis sentimientos de hoy y mi vehemencia a la hora de describir los hechos, pero antes de trabajar donde trabajo fui miembro de Protección Civil, y por la situación geográfica de mi acuartelamiento siempre llegábamos antes que nadie al lugar de los accidentes, cuyos avisos se abrían paso a través de nuestras emisoras. Por eso os aconsejo a los jóvenes que leáis este artículo que paséis de los malos rollos ─que ya sabéis bien cuáles son─ y penséis que mezclarlos con el volante acabará con vuestras vidas y con las de personas inocentes que pasaban por allí. Es muy laborioso mantenerse vivo cada día y la vida es la más maravillosa experiencia que se puede disfrutar, y que os queda mucho y muy hermoso por delante. La pena mía es que a los tontolabas nunca les pasa nada. Qué lástima.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/contintadelimon.wordpress.com/191/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/contintadelimon.wordpress.com/191/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/contintadelimon.wordpress.com/191/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/contintadelimon.wordpress.com/191/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/contintadelimon.wordpress.com/191/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/contintadelimon.wordpress.com/191/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/contintadelimon.wordpress.com/191/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/contintadelimon.wordpress.com/191/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/contintadelimon.wordpress.com/191/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/contintadelimon.wordpress.com/191/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/contintadelimon.wordpress.com/191/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/contintadelimon.wordpress.com/191/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/contintadelimon.wordpress.com/191/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/contintadelimon.wordpress.com/191/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=191&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>La última soledad</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Dec 2010 01:24:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Con cariño]]></category>

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		<description><![CDATA[   Entré en aquel lugar acompañado de Rosa. Crucé la puerta detrás de ella y subí lenta y pesadamente las escaleras. Y no es que estuviese cansado. Era sólo que mi asombro trataba de dejar sitio en mi cerebro al aluvión de imágenes y olores que poco a poco tomaba al asalto mi entendimiento, al [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=187&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">   Entré en aquel lugar acompañado de Rosa. Crucé la puerta detrás de ella y subí lenta y pesadamente las escaleras. Y no es que estuviese cansado. Era sólo que mi asombro trataba de dejar sitio en mi cerebro al aluvión de imágenes y olores que poco a poco tomaba al asalto mi entendimiento, al tiempo que ralentizaba mi paso. Tan sólo una vez en mi vida había entrado en un lugar así. Cuando era pequeño jugaba con mis amigos en un parque cercano a casa. Entonces no había videoconsolas ni Internet, gracias al cielo. Los juegos típicos de aquella edad implicaban gran esfuerzo físico y, por lo general, se hallaban implicados en ellos un balón de fútbol o una bicicleta. Recordé fugazmente una tarde en la que, junto a dos compañeros de clase, cruzamos una destartalada puerta de cristales y entramos en una amplia habitación. El sol la iluminaba a contraluz, largas lenguas de luz blanquecina atravesaban los cristales y revelaban el polvo del ambiente. Para uno de mis amigos, el que evidentemente conocía el sitio por más de una visita, el atractivo de aquel lugar era una rudimentaria fuente eléctrica de la que manaba agua fresca, totalmente gratis. Sólo había que arrimar un pinrel al pedal y poner los morrillos junto a un diminuto pitorro metálico, y allí estaba. Mitigaba el intenso calor de la edad en la que uno se deja el pellejo en el albero de cualquier parque imaginando que es un delantero centro en plena final de copa. Tal vez para ellos la decoración adicional a la fuente fuese cosa de acostumbrada visión, pero para mí fue todo un descubrimiento. Caras desconocidas de hombres y mujeres ancianos que nos miraban con una sonrisa en la cara y cuchicheaban entre ellos era todo cuanto había en derredor de aquella fuente. Recuerdo a una mujer que ofreció un vaso limpio como la patena para que bebiera más agua. Me sonreía al tiempo que a su rostro asomaba la alegría de ver niños a su alrededor. Por aquel entonces ya imaginé que los seres humanos pueden echar de menos ser pequeños de nuevo, volver a sentir la infancia ausente de problemas corriendo por sus venas. Pero los ojos de aquellos ancianos de la fuente, pese a que nos sonreían y se enorgullecían de nuestra compañía, dejaban entrever la más insondable de las soledades. Soledad. Ésa era la palabra que el tiempo me enseñaría a utilizar para definir la sensación de vacío en nuestras vidas, o cuando no nos quedan otras cosas que unos pulmones maltrechos, una vista borrosa de cuanto nos rodea y una memoria tan escasa como para no reconocer a quiénes nos acompañan de higos a brevas en el metro cuadrado de gastadas baldosas en que terminaremos los días. Aquellos rayos de luz blanquecina iluminando un asilo son el último y único recuerdo que tengo de los ancianos en aquella amplia estancia de mi memoria. Ahora no logro recordar los rostros de quienes sin duda tuvieron una vida dura, de quienes lucharon por sobrevivir, por llegar al día siguiente con su prole a cuestas. Los ojos ilusionados y llenos de juventud cuando amaron, soñaron y disfrutaron de cada rincón de sus largas existencias se me antoja postrer garante de felicidad conocido por ellos justo antes de cerrarlos para siempre. En el momento preciso de aquel fugaz recuerdo miré al fondo de un recargado pasillo que olía a cerrado y contemplé una de las mayores ironías de la vida: una jaula que encerraba a un hermoso canario, colgada de las paredes de aquella gigantesca jaula que encerraba a seres humanos, justo al final de sus días. Habría sido mejor liberarlos a todos como a pájaros, me dije, y no condenarlos al metro cuadrado más caro e inútil de sus vidas. Es cierto que todos transitamos hacia el ineludible fin de nuestras existencias, y también es cierto que, como dice aquella bulería gitana, cuando Dios nos da la vida también nos condena a muerte. Pero también es verdad que es ahora, en una edad mucho mayor que aquella en la que una mujer me dio un vaso limpio para que bebiera agua fresca, cuando les recuerdo semiocultos en las sombras de aquella estancia, asomando tímidamente sus sonrisas a mi juventud y, seguramente, remontando sus recuerdos a los momentos en que ellos tuvieron esa misma edad, evocando las vivencias de la mejor y más maravillosa etapa de la vida, de sus vidas. Mi princesa me heló la sangre en las venas cuando, no hace mucho, sentados en un ambulatorio ante un matrimonio anciano, de esos en los que uno morirá de pena en cuanto el otro se vaya de este mundo, me dijo que ella no quisiera llegar a vieja. Mi niña me ha hecho sentir muchas cosas preciosas desde que la conozco, pero en ese momento me empujó sin quererlo a la visión de ese terrible momento en que algún día seremos ese matrimonio anciano como el que contemplábamos, con la triste soledad de un metro cuadrado acechando tras una esquina, y con un vaso de agua fresca entre las manos.</p>
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			<media:title type="html">Manuel Rodríguez-Navas</media:title>
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		<title>Volver</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Dec 2010 01:22:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Con cariño]]></category>

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		<description><![CDATA[   Desde la oficina donde trabajo sólo se ven edificios. Unos más altos que otros, de colores diferentes, pero edificios al fin y al cabo. Enormes masas de hormigón y cristales habitadas por personas como yo que vienen a trabajar cada día a esta zona de la ciudad. La sala de mi oficina es antigua, [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=185&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">   Desde la oficina donde trabajo sólo se ven edificios. Unos más altos que otros, de colores diferentes, pero edificios al fin y al cabo. Enormes masas de hormigón y cristales habitadas por personas como yo que vienen a trabajar cada día a esta zona de la ciudad. La sala de mi oficina es antigua, data de la década de los noventa, pero su interior ha sido totalmente remodelado para acogernos en la difícil labor diaria de velar por la red telefónica y sus complejos tentáculos tecnológicos. La forma ovalada de sus paredes, así como sus ventanas pequeñas y cuadradas, hacen que mirar al exterior desde aquí dentro se asemeje a contemplar el puerto desde el puente de mando de un superpetrolero, atracado por accidente en mitad de una urbe descomunal, como atrapado por las insolentes construcciones que han osado nacer y crecer a su alrededor sin permiso. A esta hora de la mañana en que les escribo estas letras el sol está despertando de su letargo nocturno y lanza como esquirlas ensangrentadas sus primeros rayos de luz, al tiempo que la ciudad se despereza y saca un pie de la cama. Miro a las moles de hormigón y me pregunto —como cada día— qué demonios se me ha perdido en esta ciudad, si yo soy andaluz y nací en la tierra más grande del mundo, en la cuna de todo lo bueno que se puede comer y beber en el planeta. Quienes verdaderamente entienden de levantarse muy temprano y ver el campo alfombrado de olivos, o arribar a puerto rodeado de barcos de pesca que retornan a sus amarraderos después de faenar toda la noche para inundar la lonja de pescado fresco no se plantean si estos monstruos de cristal que presiden la postal que contemplo cada mañana son unos más altos que otros o si son de colores diferentes, si están rellenos de gente o están vacíos. A quienes les importan los olivos o los lenguados les trae al fresco el tráfico, el metro, o buscar aparcamiento durante una hora antes de enlatarse en esta sala tan fea que daña la vista.</p>
<p style="text-align:justify;">   Pienso en cómo sería para mi la vida si volviese a mi tierra, a mi Andalucía, si despertase cada mañana con el canto de los pájaros por sonido de fondo, y no con la autopista que tengo a cincuenta metros de mi casa, con sus malditos cuatro carriles para cada sentido y la madre que los parió. Imagino que, como cada uno somos dueños de nuestras vidas y vivimos lo que nos ha tocado vivir, no me queda otra que aguantar hasta que la oportunidad de ejercer como andaluz de pro se me presente de nuevo, y vuelva a mi tierra, a mi Andalucía, al lugar donde nací, a contemplar cómo cae de una botella, en la cocina de Rosa, ese oro líquido que sólo en este pueblo saben hacer, o a rellenar todos los poros de mis sentidos con el aroma, el color, el tacto, el sabor y el sonido del mercado de abastos de Cádiz, o a pasear por las calles de Campos de la mano de mi princesa sin sentir otra cosa que la brisa de su amor, y sin albergar en mi pecho la amargura que supone contar los días que me faltan para volver aquí, al puente de mando de este maldito petrolero de imitación, en mitad de una ciudad que no es la mía, capital de una tierra que no es mi tierra, al otro lado del mundo, meridianamente opuesto al sitio donde abrí los ojos por primera vez.</p>
<p style="text-align:justify;">   Y es nuestro estilo, esa forma nuestra de ser y de tomarnos las cosas lo que da color a ser andaluz, lo que le da sentido. Paellas hay muchas, tantas como formas de hacerlas, pero resulta que vienen de Nerja Rafael y Conchi, con su hijo Rafa, se juntan con Rosa y con mi princesa y se monta la de Dios. Y no es sólo el arroz. Es el ambiente, lo que se respira, la ilusión que irradian, la sensación de que se para el mundo para mí y ya no existen petroleros de imitación, ni monstruos de hormigón y cristales, ni metro, ni aparcamiento, ni jefes, ni papeles, ni nada de nada. Simplemente eso, que se detiene el tiempo y, a la vez que sostengo la cerveza que me brinda siempre Rafael, los contemplo y siento que es en mi Andalucía donde tuve la suerte de venir al mundo y donde me gustaría cerrar los ojos por última vez cuando toque. Ser andaluz es algo único por muchas razones, entre ellas porque corre por nuestras venas la habilidad de disfrutar de cada momento, de regarlo con calidez, con arte, con saber estar, pero sobre todo parando el mundo y dejando a un lado amarguras y dificultades, combinando la entrega a nuestros valores con el ansia por que ninguno de los que nos rodean se sienta mal o fuera de lugar.</p>
<p style="text-align:justify;">   Cada día, cuando miro a estas inmensas criaturas de cristal me digo una y otra vez que nunca perderé las ganas de volver pronto a mi Andalucía, pues, como dijo Lorca, el más terrible de los sentimientos es el de tener perdida la esperanza.</p>
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		<title>Princesas y castillos</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Dec 2010 01:20:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Con cariño]]></category>

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		<description><![CDATA[   A lo mejor ustedes piensan todo lo contrario, pero yo he llegado a la conclusión de que princesas hay muchas. Las hay de todos los tipos y colores. Altas y esbeltas, bajitas y regordetas, maquilladas y a lo natural, con mucho dinero y tiesas como la mojama, y hasta incluso famosas y desconocidas. Pero yo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=183&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">   A lo mejor ustedes piensan todo lo contrario, pero yo he llegado a la conclusión de que princesas hay muchas. Las hay de todos los tipos y colores. Altas y esbeltas, bajitas y regordetas, maquilladas y a lo natural, con mucho dinero y tiesas como la mojama, y hasta incluso famosas y desconocidas. Pero yo me quedo con una princesa que conocí una vez y que aún hoy me cautiva con la expresión de sus ojos, tierna y dulce. La observo mientras lee o ve la tele, mientras mece sus manos sobre el teclado de su portátil y contonea su mirada entre las letras de la pantalla, y me sobrecoge su sobriedad, su seguridad; su alma transmite a través de su carita y de sus ojos todo cuanto está pensando, y todo cuanto hace rezuma primor y suavidad. Cuando estoy lejos de ella siento que una parte de mi corazón vuelve a la vida al oír su voz al teléfono, al leer algo suyo, al pensar en sus andares tan femeninos y a la vez cargados de gracia y sensualidad. A su lado me siento pequeño, la contemplo como quien no ha visto jamás a una reina y cuya majestuosidad surge de repente ante mis incrédulos ojos. Es entonces cuando no me cuadra nada. Los castillos en los que se ve prisionera a veces se me antojan poblados por tozudas gentes que no aprecian ni merecen su grandeza, su amplio sentido de la honradez y la honestidad, su capacidad de impregnar con amor y cariño todo aquello que bendice con el tacto de sus manos. Hay gente para todo, me digo, cuando pienso en qué clase de personas la circundan en las ocasiones en que se disgusta con quienes simplemente no ven la vida desde el sencillo prisma de visión que su concepto del mundo utiliza para el día a día. A veces se entretiene observando a las hormigas. Se acuclilla, les pone migas de pan y contempla cómo evolucionan los insectos ante el premio. Una princesa que actúa con una inocencia infantil ante el lado más ínfimo de la vida no puede ser infame, ni perversa ni aspirar a bruja, como algún descerebrado imaginará al intentar moldear en su figura una maldad imposible en ella, entre otras cosas porque jamás he visto a alguien con tanta bondad presidir los días de mi vida. Para mí quisiera los días negros en que va sola de aquí para allá, cuando trabaja de sol a sol, cuando se siente mal por algo o sufre por algún daño, o se siente desairada por alguien, con tal de que ella no los tuviese que vivir. Cada lágrima suya derramada sobre el suelo debería dar lugar al árbol más alto y hermoso, al jardín más verde que haya existido nunca, porque todo cuanto nace del alegre riachuelo de su risa desemboca en mi más profunda admiración hacia ella, y me hace sentirme afortunado por tenerla junto a mí, en cada segundo que comparto mi insignificante vida con la magia que reina en su compañía. Cuando tengo problemas y sólo siento ganas de quedarme en el más oscuro rincón de mi vida, empapado en negro llanto, pienso en mi princesa y me vuelvo a sentir vivo. Todas las razones de mi desazón se despejan cuando, al cerrar los ojos, la imagino junto a mí, con su mirada sobre la mía, con sus dedos entrelazados con los míos, transmitiéndome la tranquilidad y la paz que sabe comunicar con la sola acción de su quietud, su calma y su serenidad, propias de un soleado océano. Princesas habrá muchas, como les decía al principio, pero la princesa de la que les hablo es necesariamente única dada la pureza de su sinceridad, la manifiesta inmensidad de su encanto y la fuerza de sus palabras y sus actos. Y, como también les decía, quienes no entiendan que los valores personales que transmite son de una claridad meridiana, sin dobleces ni tintes de interés, es que está encerrado en un castillo, dándose a cada momento cabezazos con el sentido común en sus muros. Si ustedes conocen a esa princesa, siéntanse tan dichosos como yo de compartir sus días con ella, de cruzarse con sus palabras y sus miradas en algún momento, de haber sido testigos de su dulzura y su bondad para con ustedes en alguna ocasión, pues ella no repara en gastos a la hora de ejercer esas cualidades con cualquiera que lo merezca y que no viva encerrado en castillos oscuros. Esa princesa es mi Mercedes, la niña más maravillosa que habita entre las paredes de mi corazón.</p>
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		<title>Por primera vez</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Dec 2010 01:17:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin miramientos]]></category>

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		<description><![CDATA[   Se secó las lágrimas como pudo, con la manga de la bata. Estaba sentada sobre las baldosas de la cocina y apoyada contra la pared. Tenía el pelo alborotado. Húmedo, como el alma. Se llevó la mano que le quedaba libre a la frente y tosió con fuerza. Volvió la mirada al suelo de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=180&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">   Se secó las lágrimas como pudo, con la manga de la bata. Estaba sentada sobre las baldosas de la cocina y apoyada contra la pared. Tenía el pelo alborotado. Húmedo, como el alma. Se llevó la mano que le quedaba libre a la frente y tosió con fuerza. Volvió la mirada al suelo de la cocina y rompió a llorar de nuevo. Recordó, entre llantos desesperados, lo ocurrido tan sólo unos minutos antes. Se preguntó una y otra vez cómo había llegado a esa situación, cómo lo había consentido, cómo había acabado todo así. Era algo que veía venir, una película que se había repetido en su mente infinidad de veces en los últimos años, pero de la que jamás se imaginó protagonista. Era un reparto muy corto, a alguien tenía que tocarle, se dijo mientras las lágrimas empañaban la visión de aquella fría habitación. Miró al techo y sintió una punzada de dolor en su cabeza, una descarga que le recorrió desde el cráneo y las cervicales hasta la mitad de la espalda. La zona lumbar acusó el aviso y se estremeció dolorosamente. Se dejó caer de lado al suelo, sobre un codo, con la sola intención de incorporarse un poco. Más pensamientos. Abrió la mano izquierda por completo y golpeó con ella las losas a su alrededor. Aquello sonó como una tabla al caer. Ya es algo, pensó. Encogió las piernas y trató de ponerse de rodillas, pero la superficie sobre la que se hallaba estaba tan húmeda como sus mejillas. Se sintió sucia, ruin, abominable. Se resbaló en su primer intento de levantarse, pero lo volvió a intentar una vez más. Una y las que hicieran falta, se dijo. No podía escapar a ninguna parte. En los últimos años así había sido, ¿por qué ahora iba a ser diferente? Presa en su propia casa, en su propia vida, injustamente encarcelada, vigilada, sometida a las más crueles torturas y castigos imaginables por parte de su marido, el que fuera rey de su vida una preciosa mañana del mes de junio, embutido en un impecable traje de chaqueta gris marengo, tan guapo y esbelto, tan cautivador hasta el mismísimo momento del sí, quiero mientras le sostenía la mirada, la misma mirada que la enamoró. Después vendrían las humillaciones, tanto fuera como dentro de casa, las palizas, las violaciones, las infidelidades, las borracheras, las partidas de cartas empeñando hasta la camisa, pulverizando la economía familiar. Intentó hacerse el bueno ante su suegro hasta que éste falleció un día, de repente, víctima de un infarto provocado seguramente al no poder apartar a su hija de aquel demonio.</p>
<p style="text-align:justify;">   Ahora no acertaba a recordar bien de dónde lo había sacado, pero el monstruo apareció por las puertas una madrugada con un revólver en la mano. Puede que de alguna partida de cartas, imaginaba de rodillas sobre la fría piel de la casa. El juguete se convirtió en el último grito en intimidación para cometer sus abusos sobre ella. Le enseñaba la munición, lo cargaba, la sometía a su voluntad apuntándole con él una vez sobre otra, y luego lo descargaba de nuevo. Y hasta la próxima. Sucedió que aquella noche había olvidado descargarlo. Y cuando volvió a amenazarla, el volumen de agotamiento del alma de su esposa había alcanzado ya un tamaño equivalente a un millón de soles. Ella se armó de valor, pensando quizá en que ya no le quedaba nada que perder, que quizá merecía la pena intentarlo, y le arrebató hábilmente el revólver al monstruo en medio de un forcejeo. Éste, tan sorprendido como borracho, retrocedió un par de pasos. Mientras su mente se debatía entre si su mujer se habría percatado de que el arma estaba cargada o si sería capaz de apretar el gatillo, una bala del calibre treinta y ocho se abrió paso entre sus pensamientos con un estampido ensordecedor, y el marido de una de las mujeres más desgraciadas del mundo cayó como si le quitaran el suelo. Su cuerpo perdió todo indicio de vida resonando sobre las losas con un golpe seco y pesado. La vista de tanta sangre pronto se fundió en el tiempo con su sudor, su alcohol, sus cristales rotos, sus miserias, sus puñetazos, sus insultos, sus humillaciones, y todo cuanto ella había padecido junto a aquel animal finalizó tras el impacto de sus casi cien kilos contra las losas.</p>
<p style="text-align:justify;">   Y allí estaba ahora ella, caminando lentamente hacia la calle a través de la galería que daba acceso a la planta baja, en dirección a nueve coches de policía que habían acudido a la llamada de algún vecino al que alertó aquella noche el sonido del disparo, pero no el de sus gritos durante años. Sus pies iban dejando un inequívoco rastro rojizo de muerte al tiempo que ella sentía aproximarse el aire de la calle. Dejó de oír, sólo contemplaba labios que le gritaban, caras que se movían, gestos que le indicaban que se tirara al suelo. Continuó caminando hasta que pisó la acera. Era un fantasma de sí misma, y lo había sido todo este tiempo, pero, al detenerse frente a aquellas luces que giraban se sintió especial. Estaba cubierta de sangre como si de una heroína medieval se tratase, como la princesa que había matado al dragón, al monstruo que la había acorralado durante años en lo más hondo de una cueva y hubiese podido al fin escapar, liberarse, volver a ver la luz del día. Se detuvo y sintió el peso de aquel revólver aún en su mano derecha. Echó atrás la cabeza, tomó aire y le supo a gloria bendita. Sintió cómo la brisa refrescaba sus castigadas mejillas, cómo le aliviaba el alma. A pesar de los policías cuyas armas amenazaban su vida desde la distancia, se sintió ella misma, se sintió en libertad, totalmente libre. Por primera vez en veinte años no sintió ningún miedo.</p>
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			<media:title type="html">Manuel Rodríguez-Navas</media:title>
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		<title>El asilo al Petronilo</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Dec 2010 01:14:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin miramientos]]></category>

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		<description><![CDATA[   Hablaba ayer con un amigo acerca de los tejemanejes internacionales y las intrigas palaciegas que benefician a unos y a otros. Y me doblaba, me tronchaba y me faltaba suelo para revolcarme cuando recordé cuando en este país nuestro el populacho cambiaba de canal dirigía la mirada a la sala de tránsito del aeropuerto [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=177&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;">   Hablaba ayer con un amigo acerca de los tejemanejes internacionales y las intrigas palaciegas que benefician a unos y a otros. Y me doblaba, me tronchaba y me faltaba suelo para revolcarme cuando recordé cuando en este país nuestro el populacho cambiaba de canal dirigía la mirada a la sala de tránsito del aeropuerto de Barajas. Y es que las palabras “Bin Laden” hacen que nos suban la bilirrubina, la adrenalina, las endorfinas y las tapas de los higadillos. Claro que, tras años de envenenamiento mediático diario, evocado y controlado concienzudamente desde el otro lado del atlántico con fines más que claros –al menos para mí– este pueblo nuestro, que ignora toda historia que no venga del Diario de Patricia o de Gran Hermano, no fue capaz de decirle a voz en cuello al tal Bush que se cantase otra y que sus aviones de pasajeros teledirigidos los lanzase contra su rancho de Texas, y no contra el sentido común del pueblo llano, incluido el suyo. Pero he ahí que la mayor puesta en escena televisiva de todos los tiempos –cuando lo de Pearl Harbor no había tele y el mundo entero también se dejó querer–, en la que no murió el apuntador porque todo cristo sabía que vivía en el mil seiscientos de la Avenida Pensilvania, resultó ser un lavado de cerebro internacional con incrustaciones de puro acojone y vistas a un mar de sangre, al mismo que se nos viene al tarro nada más oír las palabritas mágicas, vengan de la sala de tránsito de Barajas o vengan de una postal con sonido, de esas del amigo invisible. A aquel fastuoso espectáculo de fuegos artificiales protagonizado por aeronaves dardo, misiles disfrazados de aviones de pasajeros, trozos de edificios volando, actos heroicos de bomberos y policías, explosivo termita a raudales y sillones del capitolio a rebosar de palomitas y coca-cola, le siguieron las quemaduras de primer grado en las manos de los fabricantes de armas, de frotárselas de pura satisfacción ante el prometedor futuro económico que les aguardaba a la vuelta de la esquina.</p>
<p style="text-align:justify;">   Y es que en Norteamérica quien siembra recoge. Y si no, díganme cómo es posible que en privados, secretos y multimillonarios foros se supiera con gran antelación y clarividencia todo lo que iba a pasar aquel martes nefasto, antes incluso de la victoria electoral del republicano más zoquete que haya dado la historia. Cómo fue posible que el fabricante de las máquinas de voto electrónico que fallaron misteriosamente en estados como Florida en las elecciones de dos mil y que, finalmente, otorgaron la victoria al paleto y su cuadrilla de asesinos fuese un gran contribuyente a la campaña del partido republicano. O quién consintió que el colega que controlaba la seguridad –y por ende el acceso– del personal de las torrecitas permitiese la entrada de técnicos que efectuaron “trabajos” en la estructura del edificio entre los días tres y ocho de septiembre, que para más inri fuese el mismo encargado de vigilar con ojo de águila –o de gallina más bien– la seguridad del aeropuerto de Boston por donde parece ser que se sumaron a la fiesta el amigo Atta y sus mariachis, y que se tratase además de un familiar del paleto de Bush. Cómo fue posible también que intentaran engañar al mundo entero con aquello de que al Pentágono le cayo un avión del cielo y sólo le hizo un agujerete un general –ustedes, que me consta son audaces investigadores y amantes del youtube, busquen, si son tan amables, un video filmado por la cámara de seguridad de uno de los accesos al Pentágono llamado “9/11 Pentagon Attack: A Closer Look” (observen el color tan vivo de la explosión, impropio del combustible para aviones) y díganme, por caridad, dónde hostias está el avión enorme, porque mis ignorantes e incrédulos ojos de borrego no lo encuentran–. O, finalmente y para no agobiarles, cómo pudo ser que en la mañana del día diez de septiembre algunos avezados inversores se deshicieran de grandes paquetes de acciones bursátiles, tanto de compañías aéreas como de aseguradoras de las mismas, sin motivo aparente. Para cagarse, que digo yo. El andoba retenido por la “audaz” diplomacia española fue uno de los diecinueve hijos de Bin Laden. El tal Omar debe ser un millonario tonto del haba redomado y embebido en “dollares petronilos” hasta las cejas, porque de ser más listo no habría salido por la tangente y pedido asilo político en nuestro país “civilizado”, y debe no saber nada de nada sobre nada, pues en este planeta jamás triunfó un soñador, un revolucionario o un pensador con un par bien puesto sin que le arrancaran la cabeza de un tiro; la Historia lo dice. Y, como les decía, yo me partía de la risa cuando mi amigo apuntaba que el gobierno de este país nuestro fue tan inteligente al denegarle el asilo al trenzas. Y me digo que no, que nanai, que tararí que te vi, que habría sido más inteligente y habría ganado más votos en la última partida de bingo electoral si hubiesen dejado pasar al saudí, le hubiesen puesto un piso y un coche, otorgado ayudas económicas para su chorba y su prole y abocado a una tourné televisiva por los platós de las Ana Rosas y los otros correveidiles a sueldo de los mensajitos de móvil proclamando, vía traductor, que es pacifista y que “pío pío que yo no he sío”.</p>
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		<title>Lanzas rotas</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Nov 2009 19:53:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Con cariño]]></category>

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		<description><![CDATA[En un artículo anterior hacía referencia a una pequeña parcela diaria de la vida de Ángela, esa madre de familia que, de la noche a la mañana, se vio completamente sola ante el mundo por un capricho del destino, o más bien de su príncipe convertido en rana. Ángela existe de verdad y les aseguro [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=166&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><strong>En un artículo anterior hacía referencia</strong> a una pequeña parcela diaria de la vida de Ángela, esa madre de familia que, de la noche a la mañana, se vio completamente sola ante el mundo por un capricho del destino, o más bien de su príncipe convertido en rana. Ángela existe de verdad y les aseguro a ustedes que es una mujer entera donde las haya, el paradigma vivo de la fuerza de la feminidad. Es de esas hembras que, por muchos palos que reciba del destino, sale adelante con la solidez y el empuje de una máquina de tren, arrollando todo cuanto su paso alcanza y tirando de su pesada carga sin desfallecer un instante. Cuando contemplo a mujeres como ella me duelen aún más, tanto como a ustedes —a los que les duelan, claro—, esas noticias acerca de la violencia machista, del maltrato hacia aquellas que un día fueron reinas en las vidas de sus verdugos, y me repito una y otra vez que no entiendo nada. Esposas, madres y pilares fundamentales de un hogar, se vuelven de repente esperpénticas figuras inmóviles cubiertas con una sábana en un banco de un parque, una sucia acera o el portal de la casa de la que salieron una mañana, como cada día, a buscarse el sustento y rehacer su maltrecha vida, su penosa expresión ajada a base de palizas y de gritos a un palmo de la cara. Pareciera que vinieron al mundo a sufrir y a morir, sólo a eso. Incluso hallándose presentes sus hijos, a los que trajeron a la vida sufriendo los dolores de un parto tras nueve meses de incomodidades, son machacadas en cuerpo y alma por otro ser humano que jamás mereció ni siquiera el roce de sus miradas porque, simplemente, no estuvo ni estará nunca a la altura de ello.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong>Día tras día, sus sueños van cayendo</strong> como graníticas fichas de dominó, espantando sus ilusiones y sembrando el jardín de sus corazones con semillas envenenadas de rabia y odio que nunca germinarán, pues el suelo del que están hechos los instintos de una madre no conoce otras cosas que la bondad, el amor, la dedicación y el sacrificio por los suyos. Mientras el maltratador frunce el ceño y les clava la mirada en el alma, ellas reinan con una majestuosidad callada y sobria, en el más absoluto silencio. La bestia que un día las enamoró y que hoy las condena a una muerte lenta sabe, más que de sobras, que no podrá con ella de otra forma que arrebatándole la vida, que la grandeza de su esposa rebasa todo límite conocido y que, aun convirtiéndola en mártir, no logrará desterrar ese brillo único en sus ojos que sólo una mujer posee, que solamente una verdadera reina se llevará a la tumba sin revelar el secreto de cómo ser tan maravillosamente recia y firme en la vida, sin parecerlo desde fuera. Cuando veo a mi madre me digo que he tenido una suerte enorme al venir al mundo en el seno de una familia en la que, para mi padre, no hay nada más grande que ella, nada más verdadero. Miro a otras madres y a otros padres y el instinto me dice que lo normal es resolver las diferencias de pareja hablándolas, discutiéndolas si a ustedes les parece mejor el término, pero nunca levantando una mano ni mucho menos dejándola caer, nunca elevando la voz, nunca insultándolas, por doloroso que haya resultado el agravio o por duro de aceptar lo que demonios sea que haya ocurrido entre ambos. Veo a las madres que conozco, tratándome como a un hijo, y no tengo más remedio que romper todas las lanzas del mundo en favor de aquellas que sufren cada día el fuego insoportable de los malos tratos, del cariño hacia los hijos no correspondido por éstos, de los sacrificios hechos por ellos que pasan inadvertidos pero sin los cuales no serían absolutamente nada en este mundo.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong>Rompo lanzas, como les digo,</strong> y siento sus astillas clavadas en las manos junto a un dolor insoportable por las mujeres que aparecen en las noticias mientras las vecinas hablan de ellas en el más triste e inservible de los pasados. Me quedo pensando en las veces en que cada una se levantó temprano —sin tener necesariamente por qué— para hacerle a su marido el desayuno y un bocadillo para el trabajo, para que no perdiera tiempo y se lo encontrase todo hecho, o la comida al llegar a casa después de trabajar, o la cena para que se fuese a la cama sin preocuparse siquiera de ella y su duro día con los hijos, sin agradecerle tanta dedicación con una mísera caricia o un leve beso. Me quedo pensando en las lágrimas ahogadas y los gemidos de dolor silenciados a causa del sufrimiento creciente a cada lamentable momento de sus vidas, justo antes del final de sus días, en los que muchas de ellas sumergieron sus ansias por una vuelta a atrás imposible en el tiempo, maldiciendo el instante en que lo conocieron o decidieron emprender un camino junto a él, que a priori creyeron alfombrado de rosas pero que pronto descubrían empedrado de odio y muerte. Me he dormido en ocasiones con la mente puesta en la dulzura de las mujeres que conozco en este pueblo mientras trataba de no olvidar que tenía que pedirles a todos ustedes un día de éstos en La Hojilla que rompan todas las lanzas del mundo por ellas, por las mujeres que son madres y esposas, por ésas cuya grandeza no cambiaríamos por nada ni por nadie, digan de ellas lo que digan y quienes lo digan, ya sea desde un púlpito o desde la terraza de un bar. Y por cierto, un beso en la frente y un sincero «gracias por todo cuanto haces por mí cada día», dicho de vez en cuando, hará brillar los ojos de una mujer con un fulgor que pocas veces habrán visto. Pruébenlo aquellos de ustedes que sean maridos o hijos, y ya me contarán.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/contintadelimon.wordpress.com/166/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/contintadelimon.wordpress.com/166/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/contintadelimon.wordpress.com/166/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/contintadelimon.wordpress.com/166/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/contintadelimon.wordpress.com/166/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/contintadelimon.wordpress.com/166/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/contintadelimon.wordpress.com/166/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/contintadelimon.wordpress.com/166/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/contintadelimon.wordpress.com/166/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/contintadelimon.wordpress.com/166/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/contintadelimon.wordpress.com/166/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/contintadelimon.wordpress.com/166/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/contintadelimon.wordpress.com/166/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/contintadelimon.wordpress.com/166/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=166&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Los difuntos</title>
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		<pubDate>Sun, 15 Nov 2009 13:27:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Manuel Rodríguez-Navas</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin miramientos]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy me recordaba mi amigo Antonio, el frutero, la risa que nos pegamos el primero de noviembre del año pasado. No sé a qué vino evocar el recuerdo, pero les cuento a ustedes el asunto. A mí me da la risa floja, qué quieren que les diga, pero ahí va. Verán. Resulta que sí, que [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=contintadelimon.wordpress.com&amp;blog=5118282&amp;post=162&amp;subd=contintadelimon&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:justify;"><strong>Hoy me recordaba mi amigo Antonio, el frutero</strong>, la risa que nos pegamos el primero de noviembre del año pasado. No sé a qué vino evocar el recuerdo, pero les cuento a ustedes el asunto. A mí me da la risa floja, qué quieren que les diga, pero ahí va. Verán. Resulta que sí, que es cierto, que al españolito medio le hacen siempre más tilín las cositas ajenas a nuestras fronteras que las propias, por mucho que la Real Academia Española de la Lengua y el sentido común de los que no hemos sucumbido al veneno de la Pérfida Albión nos obstinemos en poner coto y fin a la proliferación indiscriminada y contaminante de anglicismos, americanismos y demás “pamplinismos” habidos y por haber. Y claro, si uno se levanta por la mañana de su camita, alarga la mano y pone la tele se encuentra de sopetón con una sarta de sandeces ultramodernas que terminan en «ing» y que, si no quiere usted quedarse fuera de onda o más anticuado que el tocadiscos de Celia Gámez, debe colaborar en su multiplicación e instauración social. Y me parece de perlas, oigan, porque desde el pijating –o irse de compras con la Visa de papá, o sea Fefa, qué me dices– hasta el plasting –consistente en dar la brasa a todo el mundo en el autobús o en el metro con el relato de cómo tu Manolo o tu Juani te alegraron el cuerpo anoche hasta las tantas– el delirio popular se hincha a todo trapo hasta hacer sentir al pueblo llano un poquito más europeo que ayer, pero menos que mañana.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong>Es, por tanto, lícito parecerse –que ya intentarlo</strong> es la repera limonera– a Madonna aunque sea poniéndose dos embudos metálicos para ir a hacer la compra, o a Belén Esteban y colocarse las gafas de sol de la abuela, de cuando ésta veraneaba en Benidorm y Juan Luis Galiardo era galán del cine español, o a Pipi Estrada y acabar tus días junto a una actriz retirada para luego contar las proezas en el autobús –véase plasting más arriba–. El problema de tanta imitación en versión júbilo nacional es que esta ocasión nos hemos equivocado con la elección, aunque ya tenía ganas de decir que esta vez no he sido yo, que ni pincho ni corto Hallowines de ésos. Quinientos millones de fiestas populares sobre la corteza terrestre y hemos ido –perdón, han ido– a optar por la más insulsa de todas, festejada por el pueblo más cenutrio que habita el planeta. Sí, parecía difícil pero los norteamericanos lo son más que nosotros. Como empecé diciendo, a mí me da la risa floja cuando veo a esos alevines de conducta moldeable siendo más moldeables todavía al ir por ahí disfrazados de calaveras y ataviados con esperpénticos adminículos mortuorios o relacionados con la parca. Los veo desde el coche o desde la ventana de mi casa y me digo míralos, ahí los tienes, con un par, les plantan un atuendo, una ideología y un fin justificado –y anglosajón, por supuesto, nada más faltaría– y a incordiar por ahí. No se me asusten, por favor, que sólo pretendo advertir en ustedes la sonrisita esa de mira este carca con lo que nos sale ahora. Pero es que, señoras y señores, en Irak, en Palestina, en Kosovo, en Bosnia, en Chad y en Somalia ocurre lo mismo. A las criaturitas se les planta un disfraz, una ideología emponzoñadora y un arma elaborada por Colt, por H&amp;K o por cualquier otro fabricante de armas y la madre que los parió, y las más jóvenes estirpes de ciudad van a por todas, como sus héroes de las películas en superformatos digitales y pantalla plana.</p>
<p style="text-align:justify;"><strong>Y es entonces cuando otras criaturitas</strong> más pequeñas, que ni siquiera han sentido en sus estómagos ese gusanillo previo a abrir un regalo, reciben por toda bendición de la vida un balazo en el cuerpo, sin comerlo ni beberlo. A mí –créanme porque es cierto– me importa un aquello que el Halloween ese tenga por pretexto alimentar a los muertos vivos irlandeses o sirva para cerrar la puerta a no sé qué suerte de espíritus malignos, que con los que hay aquí ya hay bastante. Lo que ya no me es tan indiferente es que los espíritus vivos de este país permitan que los niños campen a voz en cuello por el barrio con eso del truco o trato, sin saber siquiera qué significa, de donde viene esa tradición, qué historia tiene ese pueblo que lo celebró por primera vez o sin haber pisado jamás Irlanda –Dublín es una de las ciudades europeas más hermosas, no dejen de ir–. Me entristece un poco contemplar cómo esos pequeños vagan disfrazados por las calles sin percatarse de que, como decía Samuel Johnson, casi todo lo absurdo de nuestra conducta es el resultado de imitar a aquellos a quienes no podemos parecernos, lo que descafeína y desluce bastante la celebración del auténtico Samhain celta, como homenaje a sus ancestros, al dejarlo en manos de un pueblo borrego como el español, plagado de preciosas y ancestrales tradiciones a las que no hacemos ni más puñetero caso. Lo bueno es que, aún en plena vorágine televisiva del Gran Hermano y otras gaitas, algunas madres y abuelas van todavía al cementerio a poner flores a los que nos dejaron, se venden riquísimos frutos secos y uno puede disfrutar del aroma de las castañas asadas. Antonio me regaló aquella mañana un cartucho y me miró encogiéndose de hombros al ver pasar una turba de ignorantes medio borrachos, grandes como trinquetes, vestidos con harapos de ultratumba y voceando como verracos. Miré a Antonio, nos echamos a reír y, rindiendo honor a la tradición de la fecha, como no podía ser de otro modo, nos acordamos de todos sus difuntos. Eso sí, con toda la solemnidad del mundo, sólo faltaba.</p>
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